CON LOS BRAZOS ABIERTOS


CON LOS BRAZOS ABIERTOS

En ocasiones, necesitamos como nunca un abrazo. No indiscriminado ni indiferente. Queremos ser elegidos, preferidos, y sentir el calor y el latir de un pecho próximo que nos tome. Un abrazo, incluso antes de darse, solo al ofrecerse, nos sana. Lo esperamos, lo necesitamos. Los brazos abiertos dicen antes de toda conversación.

Así se oxigena el alma propia y se respira un aire común que, en cierto modo, es compartido antes de cualquier palabra. La hospitalidad que comporta nos procura salud, porque es bien conocido que el afecto, si no remedia, al menos siempre alivia, atenúa, apacigua, es bálsamo y terapia. Cuando los brazos de alguien nos envuelven, nos enlazan, vienen a ser un auténtico espacio de acogida. Y hay, a la par, un contacto, un aroma que tiene todas las connotaciones, de un hogar. Tal vez pasajero, pero refrescante, entrañable y, a su modo, contundente, maternal.

Hay en todo abrazo un cierto apaciguamiento de sí, una búsqueda de uno mismo, en los que nos abrimos, pero también nos contenemos, nos recogemos y, en cierto modo, reconocemos nuestros límites. Sin embargo, los brazos plegados en el pecho dibujan un fallecimiento. Los brazos abiertos, al contrario, son creación de condiciones para la llegada del otro, anticipan, no solo porque son espera, sino porque ese gesto llama a venir. Así, decir "abrázame" es más que una manera de pedir, es también un modo de ofrecerse. "Te abrazo" no es solo dar, es recibir. En el abrazarse, el dar y el recibir coinciden como labios de una escritura silenciosa.

El verdadero abrazo se abre, no retiene. Ni atrapa ni se apropia. Quien abraza ha de dejar ir, ha de desprenderse generosamente, tanto como ha de sentirse abrazado. No es un mero dejarse hacer, de modo pasivo y resignado. Aceptar al otro, su proximidad, propiciar su llegada, reconocer que alguien viene hacia nosotros y casi tiritar o aletear con la fuerza que solo poseen el deseo o la necesidad, es todo menos medirlo, sondearlo, sopesarlo o compararlo. El otro nos resulta plausible, quizás entrañable, y en este abrir y cerrar de unas manos que están por encontrarse suena un discreto pero efectivo aplauso. Tanto que puede trasformarnos, trastornar nuestra posición, modificar los espacios, alterar lo ya asentado. Abrazarse puede ser un preludio con plenitud.

Sentir un calor, el de un latido, el de un alma que se abraza con la nuestra permite encontrar a su lado, en una coincidencia de los cuerpos, la propia singularidad. Sabemos que el otro tal vez se irá, pero entonces llevará en el ritmo de su vivir nuestro cálido palpitar. Y nosotros el suyo. Abrazarnos abre una nueva, verdadera y activa espera. Prepara, procura, propicia. Fecunda nuestra capacidad de acoger. "Te espero con los brazos abiertos".

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