HABLEMOS DE “ENFERMEDAD SOCIAL”… POR FIN!!


HABLEMOS DE “ENFERMEDAD SOCIAL”… POR FIN!!

Se suele escuchar o leer, con relativa frecuencia, eso de que “esta” sociedad está enferma.
Se utiliza para ello un tono de desprecio, de lamento, de desencanto, de desesperanza.
Como si en el pasado no lo hubiera estado. Como si existiera o haya existido alguna sociedad completamente sana.
Todas las sociedades carecen de una salubridad total. Absolutamente todas. Lo que las diferencia son las enfermedades que afloran en el momento. Los síntomas del mal social no son más que el reflejo de los síntomas de cada uno de los individuos que componen esa sociedad.
¿Es necesario que recuerde que hace siglos se aceptaba como “normal” las ejecuciones públicas? ¿O que hace solo 40 años fue nº 1 en ventas una canción del dúo dinámico titulada “15 años tiene mi amor”? ¿O que la figura del “tonto del pueblo” (víctima de todo tipo de burlas, menosprecio o vejaciones) era algo comúnmente aceptado socialmente?
¿Acaso esas sociedades eran sanas?
Es evidente que en nuestra sociedad actual hay varias enfermedades. Generalmente tienen como factor común el individualismo (con su carga de egoísmo implícita). La inmediatez, el escaso apego a personas y cosas, el culto al cuerpo como forma de éxito social o la exaltación de la autenticidad (anteponiéndola a valores como la compasión, las buenas formas o la bondad).
Paradójicamente, y haciendo uso de ese individualismo, es donde pueden estar esos remedios que ayuden a paliar esas enfermedades mencionadas, ya que solo desde la individualidad es posible (hoy día y gracias a la libertad de información) sanear al conjunto de individuos que conforman la sociedad.
Creo que todo el mundo coincide en que existen las llamadas enfermedades sociales y en que debemos actuar. En lo que no hay consenso, por parte de las familias, es en la forma de hacerlo. Y cuando surgen este tipo de interrogantes, siempre, me pregunto…. ¿Por qué no hacer caso a lo que dicen los expertos?
Porque lo cierto es que, desde el punto de vista científico, si que hay una serie de pautas a seguir y medidas a tomar, tanto de forma individual como por parte de los gobiernos, en materia de educación.
Existen innumerables investigaciones, desde el punto de vista psicológico, neurológico y social, destinadas a entender por qué los humanos actuamos como lo hacemos, por qué adoptamos ciertas conductas y, sobre todo, si existe la posibilidad de cambiar dichas conductas o conceptos. Es, también, paradójico que los expertos lleguen a conclusiones aceptadas de forma unánime y que, sin embargo, dichas conclusiones no cuenten con el respaldo suficiente por parte de cada uno de nosotros ni de los gobiernos que nos representan.
Existe, en ese sentido, una hipocresía y una falta de sensibilización por parte de todos ya que, por una parte nos quejamos y por otra no estamos dispuestos a aceptar tomar las medidas adecuadas
Ese es el quid de la cuestión, a mi entender.
¿No nos jactamos de decir que amamos a nuestros hijos? ¿No estamos de acuerdo con que debemos dejarles un mundo mejor tras nuestra ausencia? Pues eso, que no es más que un acto de amor debería ir refrendado por acciones. El amor siempre implica acción y esfuerzo. Las buenas palabras no son más que eso. Palabras que sirven para “quedar bien”.
Por tanto, y metiendo el dedo en la llaga, no tengo más remedio que deciros que es nuestra obligación como padres y como parte activa de esta sociedad, estar lo más al tanto posible de las investigaciones, que en materia de educación, se llevan a cabo y, sobre todo, de las conclusiones de dichas investigaciones y que es también nuestra obligación, intentar poner en práctica los consejos en materia de educación. No solo los profesionales estamos obligados a ello, sino también los padres. No considero que sea una tarea tan difícil, gracias a los medios de comunicación con los que contamos. Y en cualquier caso no cabe rebatir normas de conducta, sistemas de aprendizaje, técnicas de formación etc. que han sido unánimemente aceptadas por expertos.
¿Qué hay mucho que investigar? Por supuesto que si. Pero mientras tanto, si queremos una sociedad más sana debemos seguir las indicaciones de quienes han estudiado los comportamientos humanos, tan imperfectos por naturaleza como mejorables.
Uno de los grandes objetivos (dado que vivimos en la opulencia y podemos conseguirlo casi todo sin demasiado esfuerzo) es conseguir que nuestros hijos piensen, que mediten, que se pongan en el lugar de todos, que puedan ver las cosas desde distintos puntos de vista, que, en definitiva, barajen posibilidades. Y existen técnicas encaminadas a conseguir dicho objetivo. Entendiendo la libertad como la capacidad de elección que tenemos las personas, se hace imprescindible disponer de un amplio abanico de posibilidades entre las que elegir. Eso nos hará más libres y, sin duda, mejores personas. Eso, a su vez, hará de la nuestra, o la de ellos, una sociedad más sana.
En esta ocasión creo que he conseguido ser más escueto (me soléis criticar que soy demasiado extenso y que por eso algunos no me leéis). Queda abierto el debate. Gracias, de nuevo, a todos por vuestra participación.

DIEGO BUENO LINERO

HABLEMOS DE LA GENERACIÓN “NINI”… POR FIN!!


Denostada, criticada y malentendida, no hacemos más que contemplar, con asombro, a esta generación de jóvenes que posee unas características muy particulares.
Como si hubieran crecido a nuestras espaldas. Como si nosotros (sus padres) fuéramos, únicamente, sus víctimas. Como si su conducta, sus hábitos, su moral (que tenerla, la tienen) y su forma de vida, además de ajena a nosotros, no fuera responsabilidad nuestra.
Pues siento deciros que no deberíamos engañarnos. No deberíamos pensar que toda la “culpa” es de ellos como si nosotros y nuestra forma de educarlos no influyera en que sean como son.
Lo siento señores!! Pero… los responsables de que exista esta generación de jóvenes, en la que los “ninis” ocupan el lugar mas significativo, (ya se sabe que toda generalización acarrea injusticias) no somos más que nosotros (padres, educadores y la sociedad, en general)
Como suelo hacer siempre, no tengo más remedio que volver a remitirme a tiempos pasados (para saber lo que somos es necesario saber de donde venimos). Somos el paso intermedio entre dos generaciones radicalmente opuestas. Por una parte nuestros padres fueron víctimas de un régimen represor en todos los aspectos. Por otra parte, nuestros hijos padecen nuestras ansias de libertad tras esa represión. También venimos de una cultura en la que para conseguir algo había que ganárselo (debido a que había enormes carencias y no era fácil disfrutar de comodidades) (entonces no había tiendas de chinos, por ejemplo) y de pronto nos vimos abordados por una ola de opulencia, posibilidades, medios, riqueza y prosperidad.
Me consta que hay mucha gente que añora el concepto de educación de tiempos pasados (“esto antes no se consentía” suelen decir). Y yo digo que no sería tan buena esa forma de educar cuando nosotros (los educados a la antigua) estamos criando a niños y jóvenes que son calificados como “ninis” en el sentido más peyorativo.
Les damos todo aquello que nosotros no tuvimos. Pensamos que dando mucho les hacemos un favor. Queremos que accedan de forma fácil y rápida a todos esos bienes a los que nosotros no pudimos acceder. Damos especial importancia a que sean nuestros hijos los que elijan (cuando resulta que, precisamente por sobreprotegerlos y sobre- mimarlos, no han adquirido la capacidad de elegir por inmadurez acentuada hasta extremos insospechados).
Es un mal social extendido.
Que si la cultura del pelotazo, que si vive el presente, que si trabaja poco y gana mucho, que si te apunto a no se qué actividad y si no te gusta te apunto a otra y si no, te quedas en casa jugando a la play de turno….
Si. Somos los responsables de esa generación. Y mirar a otro lado o, siquiera, sorprendernos, debería estar penado por la ley. Por una parte deberíamos analizar qué hacemos de forma incorrecta. Por otra, por supuesto, deberíamos rectificar.
Los cuarentones vimos morir a Franco. Respecto al resto de Europa, estábamos carentes de libertad y de adelantos técnicos. Si, señores. Nosotros vimos películas clasificadas “s” con el único objetivo de verle las tetas a la Cantudo o el “conejo” a la Lole de turno. Así de patético.
Nosotros descubrimos que hay lugares a los que se puede ir y comprar de todo. Desde comida hasta juguetes (solo tenías que coger un carro de la compra y echar de todo en el). Descubrimos que con el tiempo podríamos ser dueños de un coche parecido al de Starski y Hatch o que no sería necesario dinero para pagar algo porque inventaron unas tarjetas que servían para lo mismo. Nos dimos cuenta de que había más clases de zapatillas que las Tórtola o más canales de televisión que la primera o la segunda cadena. Nos sorprendió la ley del divorcio, la ley contra el maltrato animal, la ley contra el maltrato a la mujer, el estatuto de los trabajadores, la incorporación de la mujer al trabajo por cuenta ajena. Fuimos testigos de una transformación socio-cultural muy brusca… Para colmo, iniciamos la revolución de Internet en la que aun estamos inmersos. Cambios, en todos los ámbitos de la vida diaria, demasiado bruscos y en corto espacio de tiempo. Nos hemos visto avasallados por esos cambios porque no todos nos adaptamos a ellos con igual éxito. Existen diferencias enormes entre la gente de mi generación en cuanto a capacidad de adaptación a esos cambios. También se han producido cambios en cuanto al concepto de educación. Y… o no estábamos preparados para dichos cambios o no los hemos terminados de aceptar a pesar de la imposición.
El caso es que el precio de tanto caos lo pagan nuestros hijos. Perdimos los patrones antiguos (por suerte) que, aunque equivocados no dejan de ser patrones y estamos en proceso de adaptación (como toda nuestra existencia como generación) a los nuevos tiempos en los que los patrones están aun por definir en muchos aspectos (incluidos los que tienen que ver con el sentido de la educación).
Hace cuarenta años no se discutía, a nivel popular, si el sistema educativo era bueno o mejorable. ¿Cómo se iba a discutir si no se sabía si había otras formas de educar?.
Hoy día (y a pesar de que todos los especialistas coinciden en que el nuestro es el mejor sistema educativo posible, en términos generales) la gente discute sobre la conveniencia de educar así o no.
Eso hace que no haya un patrón definido y aceptado por toda la sociedad.
Por otro lado… la sociedad capitalista y basada en el consumo, nos incita a actuar como lo hacemos. A no dar importancia a las cosas. Lo que se estropea se tira y se compra otro nuevo ya que, por una parte, es más barato, por otra, menos molesto y, para colmo, tenemos dinero suficiente para comprar otro (cada vez más chinos). Nos encanta (debido a no se qué mecanismo interno en forma de carencias no satisfechas) estrenar cosas.
También bajó el índice de natalidad (más hijos únicos “malcriados” y consentidos).
Y en los últimos tiempos se han multiplicado por mucho el número de separaciones matrimoniales (también más hijos malcriados y utilizados por padres irresponsables y egoístas)
Esa falta de patrón educativo, ese afán por estrenar, ese poco apego a bienes materiales, esa opulencia que nos inundó de repente, esos cambios tan bruscos, esa baja de la natalidad, ese aumento de separaciones y el ritmo de vida tan desenfrenado que llevamos… mezclados en una coctelera… tienen como consecuencia la existencia de una generación de niños y jóvenes, entre los cuales, los “ninis” representan lo peor de dicha generación.
Chavales sin rumbo, conocedores de sus carencias pero sin ánimo para superarlas. Es más… se piensan que no tienen por qué superarlas porque aun así vivirán bien siempre.
Se piensan que el esfuerzo es de tontos. Por eso nos encontramos con padres desesperados que han de soportar a hijos con treinta años viviendo y comiendo de ellos. Gente joven desencantada, sin ganas de superarse a si mismos y queriendo comerse el presente a golpe de botellonas. Eso si…. Con libertades en forma de lenguaje descarado, maleducado, directo y a veces, incluso, ofensivo. Porque lo importante, para ellos, es no ser falsos. Aunque ello implique ser egoístas, maleducados o dañinos. Aunque ello implique infelicidad en los seres queridos. Jóvenes con una falta de empatía alarmante. Esa es la moral que impera en esa generación que sabe que no necesitan del esfuerzo para conseguir metas. En realidad, los ninis no son más que hijos de papás.
Son egoístas, rebeldes, inmaduros, exigentes y autoritarios. Y lo peor de todo es que lo saben, lo reconocen e incluso se sienten orgullosos de ello.
¿Mano dura?. Por supuesto que si, pero sin pretender, a base de gritos o imposiciones drásticas, hacer en dos días, el trabajo que no hemos hecho en años. La mano dura consiste en establecer límites pero sin dejar de argumentar. Los hijos, los niños, necesitan límites y eso es lo que piden cuando, con insolencia o desfachatez, desobedecen nuestras normas. Creo que debemos establecerles límites a partir de los cuales las actitudes pasan a ser inaceptables. Debemos predicar con el ejemplo moral acerca de lo que está bien y lo que está mal. Existen valores y una moral intrínsecamente, humanos. No es necesario que las religiones nos digan qué está bien y qué no. Todos sabemos que matar está mal, independientemente de que nos lo diga el 5º mandamiento de la religión cristiano-católica. No debería ser necesario apelar a las religiones o a la religiosidad para que nos guíen moralmente, porque todo humano tiene conciencia de cual es una actitud moral correcta. Valores como las buenas formas, la sencillez, la no ostentación, la humildad, la alegría, el afán de superación, la tolerancia, el esfuerzo como medio de conseguir metas, el respeto a leyes y normas, la solidaridad etc. Son tan humanos como universales.
Nos hemos vuelto ateos y, consiguientemente, inmorales. Como si una cosa tuviera que llevar a la otra. Y no. Ni la moral que imperaba era la deseable (muestra de ello son las consecuencias morales que aun padecemos) ni la moral atea imperante (en forma del “todo vale”) se corresponde con una moral universal y humana.
Ya va siendo hora de que reflexionemos, nos movilicemos y hagamos un esfuerzo para hacerles ver (esfuerzo constante y diario que deberíamos realizar si fuéramos del todo conscientes de la importancia de ese esfuerzo para con nuestros hijos) que es, precisamente, mediante el esfuerzo, la única forma en que se puede uno sentir pleno, realizado, maduro y en condiciones de ser libre y feliz. No se valora lo que se tiene si lo que se tiene no es fruto del esfuerzo. Nosotros, los padres, conseguimos lo que tenemos (que es muuuucho más que lo que tenían nuestros padres) en parte por nuestro esfuerzo y en parte por el enorme cambio que nos sobrevino. Cuando uno se enriquece en poco tiempo, se olvida un poco del sentido moral. ¿Quiénes lo pagan?… Nuestros hijos.
Gracias una vez más.